La salud del hígado depende en gran parte de nuestra alimentación. Este órgano vital, ubicado en el cuadrante superior derecho del abdomen, desempeña funciones clave como la desintoxicación, el metabolismo, la producción de bilis y la síntesis de proteínas. Por eso, saber qué alimentos son beneficiosos —y cuáles debemos evitar— es fundamental para mantenerlo en buen estado.
A continuación, te compartimos las recomendaciones de la gastroenteróloga Darina Utyumova para cuidar tu hígado a través de una dieta equilibrada, tanto si estás sano como si ya padeces alguna afección hepática como hepatitis, hígado graso o cirrosis.
El hígado es un órgano multifuncional que interviene en procesos como:
Metabolismo de nutrientes y almacenamiento de energía.
Producción de bilis para la digestión.
Síntesis de proteínas esenciales para el organismo.
Eliminación de toxinas y sustancias nocivas.
Regulación hormonal (sexuales y tiroideas).
Control de la glucosa en sangre.
Producción de colesterol y triglicéridos.
Consumo excesivo de alcohol.
Tabaquismo.
Medicamentos o sustancias tóxicas en exceso.
Alimentación alta en grasas saturadas, azúcar o ultraprocesados.
Relaciones sexuales sin protección (riesgo de hepatitis viral).
Predisposición genética.
Una alimentación adecuada es clave para prevenir y tratar enfermedades hepáticas. Se recomienda:
Equilibrio nutricional: incluye proteínas magras, fibra, grasas saludables, vitaminas y minerales.
Método del plato saludable: mitad del plato con frutas, verduras y vegetales de hoja verde; un cuarto con proteínas magras (pollo, pescado, legumbres); y el cuarto restante con carbohidratos complejos (arroz integral, avena).
Métodos de cocción saludables: hervido, al vapor, al horno o a la plancha, sin frituras ni exceso de aceites.
Zanahoria, remolacha, brócoli, repollo, cítricos, bayas poco ácidas.
Sugerencia: preparar sopas con caldos vegetales.
Lentejas, frijoles, garbanzos, chícharos.
Ricas en proteínas vegetales. En casos de cirrosis, se recomienda no superar los 1,5 g de proteína por kilo de peso al día.
Arroz, avena, trigo. Pan integral o del día anterior.
Pavo, pollo, conejo, carne de res magra.
Yogures naturales, requesón, quesos frescos sin sal.
Merluza, bacalao, camarones, calamares.
Aceite de oliva, de linaza y aguacate.
Ajo, cebolla, cúrcuma, canela (antiinflamatorios naturales).
Incluir verduras como repollo, pepino, pimiento y tomate.
Frutas: manzana, pera, durazno, ciruela, albaricoque.
Aumentar la ingesta de proteínas y carbohidratos saludables.
Eliminar alcohol, grasas, picantes y sal.
Reducir grasas saturadas y carbohidratos simples.
Evitar alimentos con alto contenido de colesterol como vísceras, embutidos, yemas, mantequilla y quesos grasos.
Reducir o eliminar el consumo de café, según tolerancia.
Evitar totalmente el alcohol.
Reducir sal (no más de 2g al día).
Limitar líquidos (máx. 1,5L/día).
Comer en porciones pequeñas (hasta 8 comidas diarias).
Mantener la ingesta de proteínas entre 1,2 y 1,5g/kg al día, adaptando según tolerancia individual.
Evita o limita:
Alcohol: es la principal causa de daño hepático.
Grasas saturadas y trans: carnes grasas, embutidos, productos ultraprocesados.
Productos salados: aumentan la retención de líquidos y sobrecargan el hígado.
Conservas y alimentos enlatados: contienen aditivos nocivos.
Azúcares simples y dulces industriales: alteran el metabolismo hepático y glucémico.
Una alimentación balanceada y rica en nutrientes es clave para mantener el hígado sano, prevenir enfermedades y apoyar tratamientos en caso de afecciones ya existentes.
Sin embargo, la dieta no sustituye el diagnóstico ni tratamiento médico. Ante síntomas persistentes, molestias o enfermedades hepáticas, es fundamental consultar con un gastroenterólogo o hepatólogo para establecer una estrategia personalizada. En la actualidad, muchas consultas pueden realizarse también a través de servicios de telemedicina, facilitando el acceso a atención profesional oportuna.
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